Compositores

 

 

 

Gioacchino Antonio Rossini

 

(Pésaro, actual Italia, 1792-París, 1868)

 

Rossini ocupa un lugar preponderante en el repertorio lírico italiano gracias a óperas bufas como Il barbiere di Siviglia, La Cenerentola o L'italiana in Algeri, que le han dado fama universal, eclipsando otros títulos no menos valiosos.

 

El genio de Rossini empezó a manifestarse en toda su grandeza a partir de 1813, año del estreno de Il signor Bruschino.

Dotado de una gran facilidad para la composición, los títulos fueron sucediéndose uno tras otro sin pausa (llegó a estrenar hasta cuatro obras en el mismo año). En París, ciudad en la que se estableció en 1824, compuso y dio a conocer la que iba a ser su última partitura para la escena, Guglielmo Tell (1829). A pesar de su éxito, el compositor abandonó por completo -cuando contaba treinta y siete años y por razones desconocidas- el cultivo de la ópera.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vincenzo Bellini

 

Vincenzo Salvatore Carmelo Francesco Bellini (Catania, Sicilia, Reino de las Dos Sicilias, 3 de noviembre de 1801 - Puteaux, Francia, 23 de septiembre de 1835)

 

Si en el siglo XIX fue Wagner su admirador más conocido, en el XX fue Stravinsky quien reivindicó la facilidad de Bellini para la melodía, contraponiéndola a las dificultades que parecía encontrar Beethoven en este terreno.

 

Su primer melodrama, Adelson y Salvini(1825), fue representado en el pequeño teatro del propio conservatorio. En esta obra quiso infundir el sentido más dulce y misterioso de su juventud poética. Vincenzo Bellini poseía una belleza triste y algo femenina, y en la música de la primera época reflejó su melancolía, provocada por las contrariedades amorosas y el temor de no ver satisfecho largo tiempo su afán de vivir.

 

Entre 1827 y 1831 compuso, entre otras obras, El pirata, La sonámbula y Norma; esta última, a pesar del fracaso de su estreno, se impuso muy pronto en los teatros más importantes de Italia y de toda Europa.

Es opinión general que Norma es la mejor ópera italiana de la primera mitad del siglo XIX, y esta vez la opinión general coincide perfectamente con el juicio de la crítica del siglo pasado y del presente.

 

El estilo de Bellini, que parecía netamente lírico, se afirma en esta ópera a través de una singular fuerza dramática. Su típica melodía (rica en episodios, amplia, llena de luces cambiantes) exhibe todas sus características de pureza lírica: baste recordar la famosa "Casta diva", una de las páginas de melodía más puras y densas de emoción que se hayan escrito nunca. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gaetano Donizetti

 

(Bérgamo, actual Italia, 1797 - id., 1848)

 

La madurez de su estilo, y con ella sus primeras obras maestras, llegaron en la década de 1830, con títulos como Anna Bolena, L'elisir d'amore, Maria Stuarda y Lucia di Lammermoor. Aclamado en toda Europa, su última gran creación, Don Pasquale, se dio a conocer en 1843 en París.

En sus últimos años, la salud del músico fue decayendo irremediablemente: internado en un manicomio en París y luego en su Bérgamo natal, murió allí prácticamente perdida la razón al parecer a causa de la sífilis terciaria. Aunque no toda su producción alcanza el mismo nivel de calidad, su música, al tiempo que permite el lucimiento de los cantantes, posee una incontestable fuerza dramática y un arrebatado lirismo que lo convierten en el más directo precursor del arte verdiano. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giuseppe Verdi

(Roncole, actual Italia, 1813-Milán, 1901)

 

Verdi fue el gran dominador de la escena lírica europea durante la segunda mitad del siglo XIX. Su arte, empero, no fue el de un revolucionario como el del alemán, antes al contrario, para él toda renovación debía buscar su razón en el pasado. En consecuencia, aun sin traicionar los rasgos más característicos de la tradición operística italiana, sobre todo en lo concerniente al tipo de escritura vocal, consiguió dar a su música un sesgo nuevo, más realista y opuesto a toda convención no justificada.

 

El éxito que en 1839 obtuvo en Milán su primera ópera, Oberto, conte di San Bonifacio, le procuró un contrato con el prestigioso Teatro de la Scala. Sin embargo, el fracaso de su siguiente trabajo, Un giorno di regno, y, sobre todo, la muerte de su esposa y sus dos hijos, lo sumieron en una profunda depresión en la que llegó a plantearse el abandono de la carrera musical.

No lo hizo: la lectura del libreto de Nabucco le devolvió el entusiasmo por la composición. La partitura, estrenada en la Scala en 1842, recibió una acogida triunfal, no sólo por los innegables valores de la música, sino también por sus connotaciones políticas, ya que en una Italia oprimida y dividida, el público se sintió identificado con el conflicto recreado en el drama.

Con este éxito, Verdi no sólo consiguió su consagración como compositor, sino que también se convirtió en un símbolo de la lucha patriótica por la unificación política del país. I lombardi alla prima Crociata y Ernani participaron de las mismas características. Son éstos los que el compositor calificó como sus «años de galeras», en los cuales, por sus compromisos con los empresarios teatrales, se vio obligado a escribir sin pausa una ópera tras otra.

 

 

 

Esta situación empezó a cambiar a partir del estreno, en 1851, de Rigoletto, y, dos años más tarde, de Il Trovatore y La Traviata, sus primeras obras maestras. A partir de este momento compuso sólo aquello que deseaba componer. Su producción decreció en cuanto a número de obras, pero aumentó proporcionalmente en calidad. Y mientras sus primeras composiciones participaban de lleno de la ópera romántica italiana según el modelo llevado a su máxima expresión por Donizetti, las escritas en este período se caracterizaron por la búsqueda de la verosimilitud dramática por encima de las convenciones musicales.

 

Aida (1871) es ilustrativa de esta tendencia, pues en ella desaparecen las cabalette, las arias se hacen más breves y cada vez más integradas en un flujo musical continuo -que no hay que confundir con el tejido sinfónico propio del drama musical wagneriano-, y la instrumentación se hace más cuidada. Prácticamente retirado a partir de este título, aún llegó a componer un par de óperas más, ambas con libretos de Arrigo Boito sobre textos de Shakespeare: Otello y Falstaff, esta última una encantadora ópera cómica compuesta cuando el músico frisaba ya los ochenta años. Fue su canto del cisne.

 

 

 

 

 

 

 

 

Richard Wagner

(Leipzig, actual Alemania, 1813-Venecia, Italia, 1883)

 

Compositor, director de orquesta, poeta y teórico musical alemán. Aunque Wagner prácticamente sólo compuso para la escena, su influencia en la música es un hecho incuestionable. Las grandes corrientes musicales surgidas con posterioridad, desde el expresionismo hasta el impresionismo, por continuación o por reacción, encuentran en él su verdadero origen, hasta el punto de que algunos críticos sostienen que toda la música contemporánea nace de la armonía, rica en cromatismos, en disonancias no resueltas, de Tristán e Isolda.

 

La infancia de Wagner se vio influida por su padrastro Ludwig Geyer, actor, pintor y poeta, que suscitó en el niño su temprano entusiasmo por toda manifestación artística. La literatura, además de la música, fue desde el principio su gran pasión, pero el conocimiento de Weber y, sobre todo, el descubrimiento de la 9ª Sinfonía de Beethoven lo orientaron definitivamente hacia el cultivo del arte de los sonidos, aunque sin abandonar por ello su vocación literaria, que le permitiría escribir sus propios libretos operísticos.

 

De formación autodidacta, sus progresos en la composición fueron lentos y difíciles, agravados por una inestable situación financiera, la necesidad de dedicarse a tareas ingratas (transcripciones de partituras, dirección de teatros provincianos) y las dificultades para dar a conocer sus composiciones. Sus primeras óperas -Las hadas,La prohibición de amar, Rienzi- mostraban su supeditación a unos modelos en exceso evidentes (Weber, Marschner, Bellini, Meyerbeer), sin revelar nada del futuro arte del compositor.

Hasta el estreno, en 1843, de El holandés errante, no encontró el compositor su voz personal y propia, aún deudora de algunas convenciones formales que en posteriores trabajos fueron desapareciendo. Tannhäuser y Lohengrin señalaron el camino hacia el drama musical, la renovación de la música escénica que llevó a cabo Wagner, tanto a nivel teórico como práctico, en sus siguientes partituras: El oro del Rin (primera parte de la tetralogía El anillo de los nibelungos) y Tristán e Isolda.

 

 

En estas obras se elimina la separación entre números, entre recitativos y partes cantadas, de modo que todo el drama queda configurado como un fluido musical continuo, de carácter sinfónico, en el que la unidad viene dada por el empleo de unos breves temas musicales, los leitmotiv, cuya función, además de estructural, es simbólica: cada uno de ellos viene a ser la representación de un elemento, una situación o un personaje que aparece en el drama.

 

No sólo en el aspecto formal fue revolucionaria la aportación wagneriana: en los campos de la melodía, la armonía y la orquestación -con el uso de una orquesta sinfónica de proporciones muy superiores a las que tenían las habituales orquestas de ópera-, sino que también dejó una impronta duradera. Su gran aspiración no era otra que la de lograr la Gesamtkunstwerk, la «obra de arte total» en la que se sintetizaran todos los lenguajes artísticos.

 

Sus ideas tuvieron tantos partidarios como detractores. Uno de sus más entusiastas seguidores fue el rey Luis II de Baviera, gracias a cuya ayuda económica el músico pudo construir el Festspielhaus de Bayreuth, un teatro destinado exclusivamente a la representación de sus dramas musicales, cuya complejidad superaba con mucho la capacidad técnica de las salas de ópera convencionales. En 1876 se procedió a su solemne inauguración, con el estreno del ciclo completo de El anillo de los nibelungos.

 

Años antes, en 1870, el compositor había contraído matrimonio con la hija de Franz Liszt, Cosima, con quien había mantenido una tormentosa relación cuando aún estaba casada con el director de orquesta Hans von Bülow.

Wagner dedicó los últimos años de su vida a concluir la composición de Parsifal.

 

El 13 de febrero de 1883, Wagner falleció a causa de una crisis cardíaca en un palazzo del siglo XVI en el Gran Canal de Venecia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Georges Bizet

(París, 1838 - Bougival, Francia, 1875)

 

Nacido en el seno de una familia de músicos, ingresó en el Conservatorio de París con tan sólo nueve años. La consecución en 1857 del prestigioso Gran Premio de Roma de composición le permitió proseguir su formación en Italia durante tres años. Su ópera Don Procopio data de aquella época. A su regreso a Francia, compuso las óperas Los pescadores de perlas (1863) y La hermosa muchacha de Perth (1867), ambas acogidas con frialdad por el público. No corrieron mejor suerte las dos obras que más han contribuido a la fama del compositor: la música de escena para el drama La arlesiana (1872), de Alphonse Daudet, y sobre todo la considerada obra maestra del teatro lírico galo, Carmen(1875), cuyo controvertido estreno se dice que precipitó la muerte del compositor.

 

La caracterización musical y dramática de Carmen (1874-1875), que se convertiría en una de las obras de más éxito en la historia de la ópera, no fue simplemente fruto del azar sino más bien la culminación del desarrollo artístico del compositor. Los críticos de la época fueron duros en su apreciación de la música de Bizet y el estreno de Carmen fue casi un fracaso. El relato de Prosper Merimée (que narra la aventura amorosa entre la gitana Carmen y el joven soldado don José y acaba con la total degradación del soldado, cuya pasión le empuja a matar a Carmen) era un tema demasiado realista para el público de aquel tiempo.

 

Bizet falleció el 1 de Junio de 1871, la noche de la trigésimo tercera representación de Carmen. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giacomo Puccini

(Lucca, actual Italia, 1858-Bruselas, 1924)

 

En 1876, la audición en Pisa de la Aida verdiana constituyó una auténtica revelación para él; bajo su influencia, decidió dedicar todos sus esfuerzos a la composición operística, aunque ello implicara abandonar la tradición familiar. Sus años de estudio en el Conservatorio de Milán le confirmaron en esta decisión. Amilcare Ponchielli, su maestro, lo animó a componer su primera obra para la escena: Le villi, ópera en un acto estrenada en 1884 con un éxito más que apreciable.

Con su tercera ópera, Manon Lescaut, Puccini encontró ya su propia voz. El estreno de la obra supuso su consagración, confirmada por su posterior trabajo, La bohème, una de sus realizaciones más aclamadas. En 1900 vio la luz la ópera más dramática de su catálogo, Tosca, y cuatro años más tarde la exótica Madama Butterfly.

 

Sin embargo, a pesar de su éxito, tras Madama Butterfly Puccini se vio impelido a renovar un lenguaje que amenazaba con convertirse en una mera fórmula. Con La fanciulla del West inició esta nueva etapa, caracterizada por conceder mayor importancia a la orquesta y por abrirse a armonías nuevas, en ocasiones en los límites de la tonalidad, que revelaban el interés del compositor por la música de Debussy y Schönberg.

 

Su última ópera, la más moderna y arriesgada de cuantas escribió, Turandot, quedó inconclusa a su muerte. La tarea de darle cima, a partir de los esbozos dejados por el maestro, correspondió a Franco Alfano.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pietro Mascagni

(Livorno, Italia, 1863-Roma, 1945) Sólo una ópera entre las escritas por Pietro Mascagni, Cavalleria rusticana, ha sobrevivido al paso del tiempo. Obra, como aquélla, de juventud, escrita en 1888, con ella su autor se convirtió en uno de los principales adalides de la corriente verista que dominó la escena lírica italiana entre la última década del siglo XIX y las dos primeras del XX, y que se caracterizó por la descripción de ambientes y situaciones extraídos de la vida cotidiana, en ocasiones con un alto contenido melodramático. Marcado por el éxito de esa partitura, ninguna de sus composiciones posteriores consiguió hacerse un lugar entre las preferencias de los melómanos, aunque sería injusto no mencionar títulos como L'amico Fritz (1891), que gozó de un favor relativo, Iris (1898) o Lodoletta (1917). Partidario de Mussolini, durante el régimen fascista desempeñó un papel de notable relevancia en la vida musical italiana.

 

 


 

Sissel Kyrkjebø y Plácido Domingo interpretan el Ave María de la Cavalleria Rusticana.

 

 

 

 

Ruggero Leoncavallo

(Nápoles, 1857-Montecatini, Italia, 1919)

 

El triunfal estreno el 21 de mayo de 1892, en el Teatro dal Verme de Milán, de la ópera  Pagliacciconsagró a Ruggero Leoncavallo como compositor. Dicho trabajo supuso además, junto a Cavalleria rusticana -estrenada sólo dos años antes en Roma-, de Pietro Mascagni, el nacimiento de una corriente que dominaría la escena lírica italiana hasta la década de 1920: el verismo. El éxito de su ópera -basada en un hecho real que el compositor había conocido durante su infancia- dio un giro decisivo a la trayectoria de este músico, hasta entonces prácticamente desconocido.

Formado en el Conservatorio de Nápoles, Leoncavallo había compuesto su primera ópera, Tommaso Chatterton, en 1878 sobre un libreto redactado por él mismo, práctica que sería habitual en su carrera. Su juventud transcurrió en diversas capitales europeas, en las que se ganaba la vida como pianista de café, a pesar de lo cual la composición fue siempre su principal objetivo.

Influido por Wagner, en la década de 1880 concibió una ambiciosa trilogía sobre el Renacimiento italiano, titulada Crepusculum e integrada por I MediciGirolamo Savonarola y Cesare Borgia. No obstante, una disputa con el editor Ricordi, que debía encargarse de su publicación y representación, y el extraordinario éxito obtenido por Pagliacci, hicieron que el músico abandonara la culminación del proyecto. 

 

 


Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Juan Antonio Arrivi Castillo